Gratis

 Todo tiene un precio, o al menos, a todo se le pone uno. Así funciona nuestra sociedad. Tasamos hasta el aire que se respira, pero lo más valioso en realidad no cuesta dinero ni se puede comprar. El mundo fitness desde tiempo inmemoriales ha estado lleno de publicidad, productos y ventas. Siempre hay quienes buscan ofrecer (por un módico precio) el remedio definitivo. Una solución utópica que promete un cambio físico, mayor bienestar general. Pero los cambios empiezan en nuestras propias cabezas, en una constancia que va dando resultados. Lo importante más que reventarse un día a la semana, es mantener la rutina de entrenar un poco cada día, como quien va cavando una gruta subterránea golpe a golpe. Todo tiene un precio (o al menos así nos lo dice la publicidad) Sin embargo, la calistenia es gratis.

La calistenia gratis. Nada de “compra este bono” Nada de “paga esta cantidad al mes”. Simplemente es salir a la calle, buscar las barras, empezar a entrenar. He probado gimnasios. Algunos están bien, tienen buenas instalaciones y otros son espacios con poca luz donde hay que hacer cola para acceder a las máquinas. Sin embargo, no me han llegado a convencer. 

Cuando salgo al exterior me siento más libre. Puedo sentir el fresquito de la mañana en el sobaco. Pienso que las calistenia tiene un matiz extramuros que le da cierto encanto. Lejos de las reglas acotadas de un gimnasio, lejos de las rutinas preestablecidas donde casi todos los movimientos son pura repetición, el espacio abierto es un mar de posibilidades. Nunca sabes cuando vendrá un perro corriendo hacia ti mientras aún estás en mitad de una dominadas, ni puedes predecir si te tocará entrenar con un viento huracanado, una lluvia suave o un sol abrasador. Dentro de un gimnasio todos los días son similares, misma atmósfera. Pero en la calistenia, el día se vive. Hay días de entrenar bajo un cielo celeste, un atardecer en la playa o bajo unas nubes grises. Eso hace que la calistenia parezca más natural, ya que se ubica fuera del aura artificial de los gimnasios. 

La calistenia rompe la cadena donde se mercantiliza con el bienestar. De repente aparece una opción donde las luces de neón se sustituyen por la luz solar. Donde la música de fondo es el sonido de los pájaros y las ramas de los árboles moviéndose. Puede que alguien piense “es mucho más cómodo un gimnasio, mejor ventilación, nada de soportar el sol, ni el calor, ni la lluvia…” y sí, tienen mucha razón las personas que piensan así. El gimnasio ofrece mayores comodidades que son innegables. Pero, sigo pensando que aquello realmente valioso carece de un precio. Lo que vale no se compra. Es la inercia interna que nos hace despertarnos, las ganas que le echamos a cada entreno y ejercitar la disciplina lo que cambia una vida y un cuerpo. Así que por supuesto que los gimnasios son opciones válidas. También lo es entrenar al aire libre. Al final lo que importa es conectar con aquello que a cada uno nos mueve. 

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