4.00 de la mañana

 La noche del día 16 de agosto daba vueltas en la cama sin ser capaz de conciliar el sueño. Me sentía intranquila. Pensaba en el paso del tiempo. Un día era una adolescente viendo Hanna Montana y ahora camino en dirección a los treinta sintiéndolos acercarse a mí como un tsunami. Mi vida no es cómo la había proyectado. Soñé el éxito y descubrí el fracaso. 

Estaba en la cama pensando en cómo vamos quemando etapas de nuestra vida. Creo que en líneas generales no somos conscientes del paso del tiempo hasta que pasa. Sé que es una frase absurda, pero es la que se me ocurre. Cuando tenía veinte años tenía una mayor sensación de infinitud. Me sentía intemporal como si fuera a durar eternamente en un estado de veintena inquebrantable. Pero no, por supuesto que no soy eterna (solo Jordi Hurtado lo es). Cuando tenía veinte tenía la percepción de "tener más tiempo". 

Ahora noto más la presión, las prisas y la urgencia por resolver mis problemas. Antes pensaba que había años de sobra para ir organizando mis pasos en la mejor dirección. Hoy siento que camino atropelladamente, que mis circunstancias no son las que esperaba tener a los 28 (me esperaba tener trabajo a estas alturas). En definitiva, habito mi edad desde una posición incómoda, ya que en mi opinión hay decisiones que pude haber tomado mucho mejor. 

Salí de la cama y miré el reloj: 4.00 de la mañana. Como estaba llena de nervios y llevaba horas sin poder dormir hice lo único que se me ocurría. Me puse mis leggins. Me fui al parque de calistenia. 

La calle que esperaba más vacía que el desierto del Sahara en agosto, me sorprendió al encontrarse repleta de chicos (más jóvenes que yo) que estaban charlando tras volver de las discotecas. Me puse a entrenar. 

Mientras hacia dominadas me rondaban ideas sobre el sentido de mi existencia. Lo cierto es: no sé por qué estoy viva. Lo único seguro es que soy una chavala a una hora intempestiva, subiendo y bajando de una barra sin motivo aparente lógico que justifique sus actos calisténicos. 

Pienso en que todo se acaba. "Todo" es una palabra muy grande. Todo somos nosotros, nuestras ilusiones, nuestros errores, nuestras caídas, propósitos, metas alcanzadas y fallidas. Todo termina. Entonces 

Leasé con entonación dramática: ¿Por qué me duele sentir que he fracasado en la vida por carecer de un empleo remunerado?...

¿Qué más da triunfar o no en la vida si el final es el mismo? 

Llegará el final. Todo termina. Un día no estaré aquí (en este planeta, en esta pelota ingrávida que gira alrededor de una bola de fuego) para hacer mis dominadas. 

¿Y qué sentido habrá tenido hacer repeticiones, sesiones y entrenos si nuestra existencia tiene fecha de caducidad?

Aún así, sigo haciendo mis ejercicios intentando encontrar un sentido. Ni siquiera sé por qué necesito darle un significado al existir. ¿Y si la vida no está hecha para ser comprendida? Así que no, no entiendo ya. Solo quiero tener trabajo. 

¿Para qué? Para dejar de sentir la presión de no- tenerlo. Porque al final cuando tu vida a una determinada edad no está ocupando la posición que se considera oportuna, nacen fricciones. Sientes la presión interna y del entorno, que te dice constantemente "deberías..." "deberías..." y estar sin trabajo se siente como una posición incómoda, como un hierro que abrasa la piel constantemente. 

Por eso salto de la cama. Hago calistenia. Dejo de pensar "he fracasado", "la incertidumbre me atrapa" y me dedico a ser simplemente una chavala que se mueve como el tic tac de un reloj. Un entreno donde de repente el tiempo parece congelarse. Por unos instantes siento que tengo aún posibilidad de infinitud, que las prisas no son tantas, y que hay todavía esperanza en volver a poner mis pasos en una dirección correcta que me permita resolver mi futuro. 


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